Fernando VII, el indeseable «Deseado»

Reportero: 
Redacción

*El autor Emilio Lara esboza la figura del mandatario, un populista coronado más que un monarca absoluto en el sentido tradicional

España, 4 Ago-18 (Agencia).- Los malvados tienen su punto en la literatura y el cine. Componen personajes memorables por su venenosa personalidad, compleja psicología y perversidad de sus actos, y no es raro que, debido a su carisma, ejerzan cierto atractivo para el lector o espectador. Los mediocres, sin embargo, no suelen ser atrayentes debido a la grisura de su vida. Fernando VII fue un hombre mediocre y el peor rey de nuestra historia contemporánea.

Aunque el más amado. Su reinado retrasó la modernización de España y dejó al país sumido en una terrible guerra civil. La campechanía, cobardía, doblez y astucia de este monarca hacen de él un personaje casi inexplicablemente silenciado por la novelística histórica, que tan poca atención ha prestado al siglo XIX, Galdós aparte. Por eso decidí incluirlo en mi novela «El relojero de la Puerta del Sol».

El resentimiento sí es fecundo en personajes de la literatura y del séptimo arte. Es el rasgo psicológico de aquellas personas que se consideran injustamente agraviadas y que responden con rencor a quienes les han ayudado alguna vez. Pensemos, por ejemplo, en el Salieri de Amadeus. El odio y envidia que Fernando le tenía a Godoy motivó que en 1807, siendo Príncipe de Asturias, alentase entre su camarilla la llamada «conspiración de El Escorial», un golpe palaciego que pretendía de una tacada deponer al todopoderoso Príncipe de la Paz y derrocar a Carlos IV. Descubierta la trama conspiratoria, Fernando denunció a sus más fieles seguidores y pidió clemencia a su padre para asegurarse el perdón real.

Este acontecimiento desveló la cobardía y ausencia de límites éticos del futuro monarca, a la vez que acrecentó en él la suspicacia y el recelo. Durante el resto de su vida desconfiará de todo el mundo, sospechará de las personas inteligentes y preparadas y ejercerá la represión a izquierda y derecha. De hecho, su máxima política será «Palo a la burra blanca, palo a la burra negra», o sea, reprimir cualquier disidencia ideológica que pretendiese menoscabar su poder. Aunque tuvo el detalle humanitario de sustituir la horca por el garrote al aplicar la pena capital. Así el condenado sufría menos.

Su abuelo, Carlos III, fue un excelente monarca ilustrado que mejoró España y su imperio en todos los niveles. Su padre,Carlos IV, un indolente bonachón que sólo pensaba en cazar y en arreglar los relojes del Palacio de Oriente. Y él, Fernando VII, que no heredó casi ninguna de las virtudes políticas y humanas de sus mayores, desde joven dio muestras de ser intrigante, ambicioso, receptivo a los halagos, carente de escrúpulos, simpático, resentido y hedonista. Era comilón, le encantaban los buenos puros y las mujeres, le atraía la lectura, soltaba muchas palabrotas y tenía un gran sentido de la propaganda. Fue, en esencia, un populista coronado más que un monarca absoluto en el sentido tradicional.

El motín de Aranjuez de marzo de 1808 fue la segunda maniobra golpista de los partidarios de Fernando para echar a Godoy, y esta vez salió bien por los apoyos populares. Fernando fue proclamado rey por sus seguidores, lo que provocó la abdicación de Carlos IV y, ante la confusa situación creada en plena ocupación de España por las tropas francesas en calidad de «aliadas» merced al tratado de Fontainebleau, Napoleón aceptó ser mediador entre padre e hijo, los hizo viajar a Francia, donde se produjeron las célebres abdicaciones de Bayona, uno de los episodios más vergonzosos de la historia española contemporánea que culminó con la entronización de José Bonaparte como rey.

Durante la Guerra de la Independencia, Fernando VII permaneció retenido en el castillo de Valençay junto a familiares y servidores con una pensión millonaria sufragada por Napoleón. En aquel retiro dorado se dedicó a montar a caballo, bordar, leer, mejorar sus gustos artísticos y musicales, felicitar al emperador por sus éxitos militares en España y pedirle por carta que lo hiciese hijo adoptivo suyo. Ése era el rey por el que los españoles luchaban y al que dieron el sobrenombre de «Deseado».

Terminada la Guerra de la Independencia, en 1814 vuelve a España y, al percatarse de que gozaba de un inmenso apoyo popular, decreta la nulidad de la Constitución de Cádiz y ordena que el régimen político se retrotraiga a 1808, «como si nada hubiera pasado». Fernando VII se destapa como un déspota al perseguir a afrancesados y liberales, que se ven obligados a exiliarse. El país pierde a los hombres más inteligentes y dinámicos durante el Sexenio Absolutista, y las estructuras del poder quedan en manos de los sectores inmovilistas. El rey desplegará un estilo de gobierno personalista basado en varios aspectos: el prestigio de ser «el Deseado» hasta su muerte, el permanente contacto con el pueblo llano, la persecución de opositores políticos, el rechazo a las reformas y la extraordinaria capacidad para mantenerse en el trono por encima de los vaivenes políticos.

La sagacidad del monarca estribará en detectar las debilidades del adversario y en intuir los vientos políticos para sacar tajada en su provecho. Su cerrilismo e incapacidad para la innovación y el pacto desembocarán en la pérdida de casi todo el imperio colonial americano, cuyos últimos vestigios retendrá España hasta 1898.

El paréntesis del Trienio Constitucional (1820-1823) demostró la hipocresía del rey, pues aceptó la monarquía parlamentaria y la traicionó en cuanto las luchas intestinas entre liberales le hicieron comprobar que obtendría el apoyo de la Europa contrarrevolucionaria. Aquellos tres años fueron una oportunidad perdida para modernizar España al compás de otras naciones de occidente, y los últimos diez años del reinado fernandino serán una mezcla de inmovilismo absolutista y reformas tecnocráticas, en similitud con lo que sucederá en otros regímenes autoritarios del siglo XX.

Su escaso atractivo y pocas cualidades hicieron que sus cuatro matrimonios no fueran muy felices. Con su prima María Antonia de Nápoles se casó a los diecisiete años a pesar de que él le resultaba repulsivo. María Antonia tuvo una nefasta relación con su suegra, la reina María Luisa de Parma, sufrió dos abortos y murió de tuberculosis en 1806. Tras diez años de viudedad, Fernando contrajo nupcias con su sobrina, la lisboeta María Isabel de Braganza, fallecida en 1818 al practicarle una cesárea. Al año siguiente se casó con otra sobrina, María Josefa Amalia de Sajonia, veinte años menor que su tío, y que al haber sido educada en un convento creía que mantener relaciones sexuales era un pecado, por lo que tuvo que intervenir el sumo pontífice para convencerla de que era lícito acostarse con su marido. La mojigata reina murió en 1829 sin haberse quedado embarazada. Su última esposa fue, cómo no, otra sobrina, María Cristina de las Dos Sicilias, que en 1830 alumbraría a la futura Isabel II.

Cuando se supo que el rey iba a casarse con María Isabel de Braganza, los chistosos colgaron en la puerta del Palacio Real un cartel que ponía: «Fea, pobre y portuguesa. ¡Chúpate ésa!». El caso es que aquella reina tan menospreciada era culta y aficionada a las bellas artes, y convenció al rey para fundar una pinacoteca pública.

El arquitecto Juan de Villanueva había construido en el madrileño Paseo del Prado un magnífico edificio con luz cenital pensado para albergar un Gabinete de Ciencias Naturales. En 1819 se inauguró allí el Real Museo de Pintura y Escultura con los fondos artísticos atesorados por la monarquía hispánica desde el siglo XVI. Nacía el Museo del Prado.

El Paseo del Prado es mi lugar favorito de Madrid. No existe otra ciudad con un enclave tan bello, un entorno tan armonioso y con mayor concentración de inigualables museos. Cada vez que paso por delante del Prado o entro en él, sonrío. Es lo mejor que hizo Fernando VII. Y todo partió de una reina desdichada nacida en Lisboa que pintaba y que amaba la belleza. Una mujer que fue motivo de burlas por su fealdad propició la fundación del mejor museo del mundo.
Lo que es la vida.

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