Rodeado por una multitud, Lula se entrega a la policía brasileña para comenzar a cumplir su sentencia

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Agencias

Sao Paulo, Br., 7 Abr-18 (VRed).- Después de meses de prometer que la condena por corrupción no evitaría que contendiera para un tercer periodo como mandatario de Brasil, el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva se entregó a la policía el sábado para comenzar a cumplir una sentencia de doce años de cárcel.

Su encarcelamiento es un momento vergonzoso en la destacada carrera política de Da Silva, hijo de campesinos analfabetos que enfrentó a los dictadores militares de Brasil cuando era líder sindical y ayudó a construir un poderoso partido de izquierda que gobernó a su país durante más de trece años.

Su detención es un acontecimiento trascendental en la próxima elección brasileña, lo que genera caos en la contienda para remplazar al presidente Michel Temer en octubre.

Tras lograr una amplia ventaja en las encuestas, Da Silva le prometió a sus simpatizantes que el Partido de los Trabajadores volvería a tomar el control del destino de Brasil y así se podrían implementar políticas que disminuyan la marcada desigualdad en el país.

Habría sido un destacado regreso después de la destitución en 2016 de la sucesora que Lula eligió personalmente, Dilma Rousseff, quien fue remplazada por Michel Temer, un político de centroderecha ampliamente impopular que también está acusado en casos de corrupción.

Antes de entregarse a la policía federal, Da Silva, de 72 años, acusó a los fiscales y a los jueces de procesarlo por un caso sin fundamentos.

“No les perdono que hayan dado a la sociedad la idea de que soy un ladrón”, dijo Da Silva, en un tono áspero, a una multitud de simpatizantes reunida afuera de la sede del Sindicato de Trabajadores Metalúrgicos en São Bernardo do Campo, un municipio del estado de São Paulo.

El proceso, Da Silva acusa, fue un esfuerzo para frustrar su visión de un país en el que más personas pobres logran inscribirse en universidades, salir de vacaciones y pueden comprar autos y viviendas.

“Si el crimen que cometí fue traer comida y educación a los pobres seguiré siendo criminal porque vamos a conseguir mucho más”, exclamó Da Silva ante una multitud que pasó buena parte de la mañana gritando consignas y pidiendo que el líder político no se entregara.

Durante sus últimas horas en libertad, Da Silva reconoció que su carrera política había finalizado —al menos por ahora—.

“Ustedes van a tener que transformarse en Lula”, le dijo a sus simpatizantes. “Ellos tienen que saber que la muerte de un combatiente no para la revolución”.

A unos meses de la elección, esta decisión judicial deja a la izquierda de Brasil sin candidato para competir en la contienda.

Da Silva no escogió a nadie para que tomara su lugar en la boleta electoral, lo que indica que los líderes del Partido de los Trabajadores todavía deben decidir quién tiene las mayores posibilidades de competir en las elecciones.

Sin embargo, el exmandatario halagó a dos aspirantes presidenciales de izquierda que estaban con él, Manuela d’Ávila y Guilherme Boulos.

Los otros candidatos que permanecen en la contienda son Jair Bolsonaro, un legislador de extrema derecha que ha hecho campaña con la promesa de recurrir a estrategias de mano dura para restaurar la seguridad en zonas con altos índices de violencia, y la exministra del Medioambiente Marina Silva, quien está a favor del combate a la corrupción.

Da Silva es el primer expresidente brasileño que ha sido encarcelado y condenado por corrupción desde que la democracia fue restaurada a mitad de la década de los ochenta.

Su encarcelamiento representa tal vez el mayor triunfo en el esfuerzo por parte de jueces y fiscales para terminar con la ola de sobornos que desde hace mucho tiempo ha sido una característica de la política y los acuerdos en Brasil.

Sin embargo, al ponerle fin a la candidatura presidencial de un líder que todavía es amado en gran parte del país, las autoridades judiciales han sido cuestionadas sobre las condiciones de la próxima elección.

Daniel Aarão Reis, un profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Federal Fluminense, dijo que aunque el proceso de Da Silva fue bien realizado es probable que afecte la fe de los brasileños en la democracia, particularmente si los rivales políticos que también están acusados de conductas ilícitas logran evitar rendir cuentas.

“Me preocupa porque, sin importar si la gente que provocó esta situación tenía esa intención, será un golpe a la democracia”, aseguró. “La democracia vive un momento de escaso prestigio”.

Da Silva dejó el poder en 2011 con un extraordinario índice de aprobación en el país y con la reputación de haber sido un efectivo mediador diplomático. Washington inicialmente vio su ascenso al poder con temor, pero su estatus de estrella política llegó a su nivel más alto cuando el presidente Barack Obama, durante una reunión de jefes de Estado en Londres en 2009, calificó a Da Silva como “el político más popular de la Tierra”.

Brasil parecía estar en un impresionante ascenso cuando Lula dejó el poder en 2011, el país estaba destinado a disfrutar las nuevas y enormes reservas de petróleo y gozar de la atención que la Copa del Mundo de 2014 y los Juegos Olímpicos de Río 2016 atraería al país de 200 millones de habitantes.

“Me preocupa porque, sin importar si la gente que provocó esta situación tenía esa intención, será un golpe a la democracia”.

Sin embargo, el legado de su partido quedó manchado en 2014, cuando los fiscales comenzaron a esclarecer un esquema masivo de sobornos como parte de una investigación conocida como Lava Jato, que hasta el momento ha resultado en la condena de 120 personas y miles de millones de dólares en pagos para reparación de los daños.

La investigación afectó a la petrolera estatal, Petrobras, y a la firma constructora Odebrecht y contribuyó a una devastadora recesión que marcó la ruta hacia la destitución de Rousseff, lo que polarizó profundamente a los brasileños.

Los cargos por los que Da Silva fue condenado son un diminuto capítulo en el escándalo de Lava Jato. Lula fue encontrado culpable en julio pasado de aceptar como soborno un lujoso apartamento en la costa, a cambio de contratos adjudicados a la constructora OAS.

Después de que tres jueces confirmaron la condena en enero, Da Silva solicitó a los dos tribunales más importantes del país que le permitieran permanecer en libertad mientras otras apelaciones eran consideradas, pero sus peticiones fueron rechazadas.

Está programado que el expresidente comience a cumplir con su sentencia en una celda especial ubicada en los cuarteles de la policía federal en la ciudad sureña de Curitiba, un edificio que él iba a inaugurar durante su mandato en 2007.

Lula estará detenido en una pequeña habitación con una cama sencilla de madera, una pequeña mesa y dos ventanas en el cuarto piso del edificio.

No estará encarcelado con otros presos ordinarios, pero estará cerca de dos importantes acusados del escándalo de Lava Jato, antiguos aliados de Da Silva que hicieron tratos con los fiscales y lo implicaron en hechos de corrupción.

Aun así, sus simpatizantes consideran su encarcelamiento como el trágico final de una era de gran esperanza y orgullo en Brasil.

“Brasil pasó de tener a la estrella pop de la política internacional a tener el actor de reparto de una película de vampiros”, dijo el exministro de Relaciones Exteriores Celso Amorim en referencia a una parodia de Temer hecha por una escuela de samba durante el pasado carnaval en Río de Janeiro.

“Nos pone muy tristes”, dijo Amorim quien sostiene que Brasil ha sido “completamente olvidado” en los grandes escenarios de la política mundial. “Ahora a nadie le interesa conocer la opinión de Brasil”.

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